Percy Cayetano Acuña Vigil

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La Lengua "mamada en la leche" Luis Jaime Cisneros

Artículo que dicta cátedra. Ojalá se leyera y se difundiera más

“La República. Lima, 03 de mayo de 2009

La lengua “mamada en la leche”
Luis Jaime Cisneros

Los profesores de la Universidad Católica, sección lingüística, hemos firmado un documento relacionado con la situación creada a raíz de un comentario periodístico sobre un caso de disortografía en que incurrió una congresista cuya lengua natural no es español. No voy a insistir acá en la argumentación de corte científico, que es la esgrimida por los firmantes. Esas razones lingüísticas son, por cierto, razones de esencial orden político. Ya es hora de que, en el país, la escuela se sienta responsable de que haya ciudadanos que tomen conciencia de que somos un país pluricultural y plurilingüe. Esto por lo menos no lo pueden ignorar los periodistas, ni los congresistas, ni los militares, ni nadie que se sienta persona culta.

Estamos celebrando 400 años de los Comentarios Reales. Y estamos, por tanto, rindiendo al Inca Garcilaso el debido homenaje. No solamente fue quien inauguró nuestra literatura en lengua española. Cuidó de que tuviéramos presente lo que valía la lengua “mamada en la leche”. Nadie debería haber terminado su escuela secundaria sin haber aprendido el significado que para nuestra conciencia metalingüística tienen estas palabras de Garcilaso. Lo explicó, con lucidez, diez años atrás, José Luis Rivarola. Garcilaso habla de la lengua “mamada en la leche” en una época en que toda Europa tomaba conciencia de lo que ‘lengua materna’ significaba como signo primero de la viva significación que la lengua adquiría para hacernos ‘persona’. Lengua materna era la lengua de nuestra madre, la que oímos en la casa al despertar nuestros rasgos humanos iniciales. Es la leche con que nuestra madre nos transmite la fe, y desde la cual aprendemos las distintas lenguas que nos sirven para contactarnos con quienes bebieron otras lenguas y están aprendiendo las nuestras.

Asimilar una lengua no es, pues, aprenderla. La lengua materna, la mamada en la leche, esa con que se nutrieron nuestras inquietudes y se alimentaron nuestros miedos primeros, nos ha acostumbrado a vivirla en situación dialógica. Asimilar una lengua es saberla vivir en situación. En la casa no aprendemos palabras: vivimos situaciones comunicativas, ligadas cada una de ellas a expresiones (pequeños contextos) que nos van ‘situando’ en el tiempo y en el espacio: después, ahora no, más tarde, ahora no son voces para memorizar. Son situaciones que se repetirán mientras crezcamos y nos vincularán o nos distanciarán de hechos por agradables o por desagradables que nos resulten. La primera lengua, la que aprendemos en la casa antes de ir al colegio, esa con cuya experiencia bien adentrada asistimos a la escuela, esa nos sirve para comprendernos en comunidad. Y es en esa comunidad, en el ejercicio libre de esta lengua iniciática, donde comprendemos la existencia de otras lenguas cuyo manejo nos permitiría extender nuestro mundo y vincularnos con gentes que iniciaron su vida con ellas. Vamos descubriendo que el mundo, este mundo de los mapas gigantes y de la historia infinita, contiene una confusión de lenguas. Pueden confundirnos si no nos aventuramos a aprenderlas. El español, acá en América, fue la lengua que trajeron los conquistadores hace muchos siglos. Como la difundieron por toda la tierra conquistada, es natural que todos los países de América la hayan recibido al iniciarse la conquista.

Pero ese hecho, puramente militar, no pudo desterrar la lengua “mamada en la leche”. Garcilaso nos muestra, ducho en el manejo de las dos, que no puede olvidarla. Pero los paraguayos cuidaron la que habían aprendido a mamar, y se manejan hoy libremente con ambas lenguas. Mexicanos y colombianos, uruguayos y argentinos, todos esos pueblos fueron progresivamente descubriendo que la lengua europea servía para agrandar el horizonte: nos podíamos entender con más gente. Pero esta lengua no venía a nosotros como había venido aquella lengua indígena: a unos les fue fácil incurrir en pronunciaciones hasta entonces desusadas, y a todos les fue difícil aprender a dibujar la nueva lengua aprendida.

Es lo mismo que nos ocurre si queremos hoy aprender chino o alguna lengua eslava; y lo mismo si queremos además escribirla. Todo esfuerzo que realicemos para lo uno y lo otro dice mucho de nuestra calidad humana. Nos enaltece. Querer aprender una lengua más difundida es rasgo que debemos aplaudir. No comprenderlo así dice mucho sobre nuestra intolerancia, y da pena.

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